Dentro de nuestra populosa urbe, existe un extraño, muy visto, pero poco querido personaje que tiene algo de héroe y, generalmente, mucho de villano. Combina muchas veces la violencia, la falta de respeto, modales (a veces incluso un pestilente olor), con poderes mágicos y sobrehumanos equilibrismos.
Sí, nos referimos a nuestro no tan “amigable vecino”, el cobrador de combi. A pesar de que tengo la certeza de que existen cobradores amables, educados, honestos, y muy pulcros, la muestra que he obtenido a lo largo de mi vida me ha enseñado, lamentablemente, que no son la mayoría.
Son los otros los que más recuerdo: los que vociferan las más “extraordinarias” frases con el sustantivo madre, frotan su pata contra el derriere de cuanta atractiva señorita ose subir al vehículo, tratan de engañarte de que el pasaje medio es 2 soles, y parecen tener una incansable querella contra el jabón.
Poseen también admirables atributos. Son pocos los que pueden hacer entrar en un espacio donde caben solo 20 personas a 60, al mismo tiempo que mantienen 98% de su cuerpo fuera del vehículo a más de
Lamentablemente, el poder que más usan es otro: generar la más grande incomodidad y malestar. Es que, qué otro efecto puede provocar en uno el estar aplastado por la gente, el olor, y el soportar los gritos, lisuras y demás tratos violentos del cobrador, que el rogar conseguir el dinero para nunca más verse forzados a vivir la tragedia del transporte público masivo. Las gallinas la pasan mejor, metidas en cajones, que los pasajeros; al menos ellas tienen la certeza de que nunca más tendrán que realizar ese viaje.
No son la clase de criatura llamativa que uno desearía tener en su ciudad, están mas bien más cerca de una peste, y, como tal, debe ser eliminada. Deben ser reemplazados por ese otro personaje tan raras veces visto en persona: el buen cobrador (descrito al inicio).
Para aspirar conseguir tal meta, debemos conocer primero qué lamentables sucesos provocan la existencia de este ser. Definitivamente la pobreza, un hogar o vecindario marcados por la violencia y la falta de una adecuada educación influyen en su errado comportamiento. Resulta difícil para alguien que ha crecido en un ambiente como ese, aprender que existen otras formas para obtener lo que quiere que la violencia (sea verbal o física).
Existe también un Dr. Frankenstein en esta historia: el sistema de transporte público. Las escasas barreras impuestas durante el gobierno de Fujimori para la creación de empresas de transporte público han saturado a Lima. Se ha generando una fuerte competencia por obtener cuanto pasajero llegue a entrar (pisoteando la moral y el respeto si es necesario). Además, existen escasos requerimientos para el puesto, y casi nula preocupación de estas empresas por educar en el buen trato al cliente.
Ciertamente el análisis antes mencionado no es razón para perdonar su conducta. Existe también el tema de libre albedrío, y la incapacidad de muchos para decidir ser un mejor empleado, una mejor persona.
La solución tiene que ver con atacar los problemas antes mencionados. Sin embargo, debemos aceptar que lo que podemos cambiar por nuestra cuenta no es despreciable Si nos esforzamos los pasajeros por enseñar con el ejemplo, algo lograremos. Si tienes un amigo cobrador, mucho te agradeceríamos que le regalaras, de paso, un Manual de Carreño o al menos la versión de Frieda Holler.
